7 dic. 2007

Ciudad de brujas y de asfalto

Las líneas telefónicas congestionadas indicaban que iba a ser una noche movida en Buenos Aires. El primer jueves de diciembre había traído aparejada la euforia que se desata cuando se comienza a palpitar un verano que puede ser el último. Como todos los diciembres argentinos. La noche estaba para salir o salir y eso fue lo que hicimos, después de comer y tomar algo en la casona, una esquina declarada monumento histórico con anterioridad a que uno de los pibes la comprara, ubicada en la calle Bacacay, Partido de Flores. En esta ocasión sólo éramos tres. Del resto, algunos no pudieron venir y otros no se dieron cuenta de que la noche estaba hermosa. Resolvimos el asunto y a eso de la una nos subimos a la camioneta en busca de algún destino. Una llamada algo perdida nos llevó hasta la parte de atrás de un cementerio y cruzando un parque llegamos a un bar. De afuera parecía un típico bar de la Chacarita. Lo era. Adentro tenía un aire a Zeppelin, no por similitudes en su aspecto, sino por cierta mística que creímos percibir en el lugar. Parecía, pero al mirar por la ventana rápidamente te cerciorabas de no estar en Plate. Era Chacarita, sin dudas. Nos sentamos en una de las mesas del costado y pedimos tres whiskys, como para no salirnos de lo que ya veníamos tomando en la casona. En la mesa de al lado se paraba y se sentaba repetidas veces un sociable y macanudísimo Juanse, rockstar vampiro si los hay, que miraba fijo mi vaso mientras alguien le daba charla. Intercambié miradas dos veces hasta que decidí ya no hacerlo, no quería incomodarlo en esta que parecía su casa. El Bar de la calle Rodney es misterio, es una calidez algo tensa y un ambiente ventilado. Nadie ríe más de la cuenta y no hay aire acondicionado porque eso sería un crimen. En 1991 una banda que se llama La Portuaria lo inmortalizó en una canción de su segundo disco. Como Los Piojos en Palomar luego hicieron con los jardines de calma feroz, esos del sol de infinita paciencia. Ambos son de aquellos lugares que nuestros músicos van poniendo en el baúl de una Buenos Aires mágica o decadente. Y ahí es cuando sale a relucir la eternidad del artista.

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